"Cae, sobre las gafas oscuras cae, sobre todas las cosas cae, sobre toda la casa. Reverbera en su voz agria, revienta los terrones polvorientos, hiende la verdad, la sella con su rayo de mies, con su rayo de miel; cae, cae el sol ahora, sobre los techos de chapa, sobre los techos olvidados, sobre las sillas de paja. (...)
El calor aprieta, hay regresos. La casa está tan dulce hoy, tan almibarada de dolor que todo nos recuerda. Ella está tan triste hoy, tan arrebujada en su dolor, que las gafas oscuras no permiten que le veamos los ojos, su duelo, la vergüenza de su desnudez, está allí, su rostro, su cuerpo todo que se yergue en la silla desmembrada, como el de una dignísima reina, siempre compuesta, siempre humana..."
jueves, 13 de marzo de 2014
viernes, 28 de febrero de 2014
Amistad II
"Había oscurecido. Nos volvimos despacio, callados. A lo lejos divisamos la pequeña arboleda del puesto. Pero estaba todavía tan lejos, que bien podía ser engaño. Teníamos que cruzar un juncal tendido. Entramos en él. De pronto, y gracias a Dios, vi cerca un bulto oscuro. Digo gracias a Dios, porque el verlo me salvó de algo peor que lo que había de sucederme. El toro, medio enredado en los juncales, me miraba. Yo también lo miraba a él. ¿Era el barroso que me había corneado el bayo? No concluía de reconocerlo cuando me atropelló. Había arrancado con tanta violencia que apenas logré evitar el bote. Me pareció, sin embargo, que por segunda vez me tocaba el caballo. ¡Dios me perdone! Me agarró una de esas rabias que le nublan al hombre el entendimiento. Abrí el caballo hasta un claro, entre los juncos, porque no hay que entrar así ofuscado en la lucha.
-Fíjese si me ha corniao -pregunté al rubio.
-Una nadita. A gatas le ha alborotao el pelo. Debe haberlo tocao con el costao del aspa. ¿Qué va hacer? -me preguntó viéndome armar el lazo.
-Quebrarlo -contesté.
Aunque fuera temeridad mi intento y él tuviera cierta responsabilidad con el dueño de la hacienda, no me dijo nada. Un hombre en la pampa sabe mirar a otro hombre y comprende lo irreparable de ciertas decisiones.
Por mi parte, la rabia se había asentado en mí, tomando cuerpo de una resolución decidida de ir hasta el fin. Me había propuesto quebrarlo al toro y lo quebraría.
Patrocinio armaba también su lazo. ¡Lindo! En la voluntad de matar que ya estaba en nosotros, nacía el sentimiento de una amistad fuerte. Dos hombres suelen salir de un peligro tuteándose, como una pareja después del abrazo."
-Fíjese si me ha corniao -pregunté al rubio.
-Una nadita. A gatas le ha alborotao el pelo. Debe haberlo tocao con el costao del aspa. ¿Qué va hacer? -me preguntó viéndome armar el lazo.
-Quebrarlo -contesté.
Aunque fuera temeridad mi intento y él tuviera cierta responsabilidad con el dueño de la hacienda, no me dijo nada. Un hombre en la pampa sabe mirar a otro hombre y comprende lo irreparable de ciertas decisiones.
Por mi parte, la rabia se había asentado en mí, tomando cuerpo de una resolución decidida de ir hasta el fin. Me había propuesto quebrarlo al toro y lo quebraría.
Patrocinio armaba también su lazo. ¡Lindo! En la voluntad de matar que ya estaba en nosotros, nacía el sentimiento de una amistad fuerte. Dos hombres suelen salir de un peligro tuteándose, como una pareja después del abrazo."
Fragmento de Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes.
sábado, 15 de febrero de 2014
Padrinazgos
"El muchacho salió. Habían comido sin luz en la mesa y el viejo se quitó los pantalones y se fue a la cama a oscuras. Enrolló los pantalones para hacer una almohada, poniendo el periódico dentro de ellos. Se envolvió en la frazada y durmió sobre los otros periódicos viejos que cubrían los muelles de la cama.
Se quedó dormido enseguida y soñó con África, en la época en que era un muchacho, y con largas playas doradas y las playas blancas, tan blancas que lastimaban los ojos, y los altos promontorios y las grandes montañas pardas. Vivía entonces todas las noches a lo largo de aquella costa y en sus sueños sentía el rugido de las olas contra la rompiente y veía venir a través de ellas los botes de los nativos. Sentía el olor a brea y estopa de la cubierta mientras dormía y sentía el olor de África que la brisa de tierra traía por la mañana.
Generalmente, cuando olía la brisa de tierra despertaba y se vestía y se iba a despertar al muchacho. Pero esa noche el olor de la brisa de tierra vino muy temprano y él sabía que era demasiado temprano en su sueño y siguió soñando para ver los blancos picos de las islas que se levantaban del mar y luego soñó con los diferentes puertos de las Islas Canarias.
No soñaba ya con tormentas ni con mujeres ni con grandes acontecimientos ni con grandes peces ni con peleas ni con competencias de fuerza ni con su esposa. Sólo solaba ya con lugares y con los leones en la playa. Jugaban como gatitos a la luz del crepúsculo y él les tenía cariño lo mismo que al muchacho. No soñaba jamás con el muchacho. Simplemente despertaba, miraba por la puerta abierta a la luna y desenrollaba sus pantalones y se los ponía. Orinaba junto a la choza y luego subía por el camino a despertar al muchacho. Temblaba con el frío de la mañana. Pero sabía que temblando se calentaría y que pronto estaría remando.
La puerta de la casa donde vivía el muchacho no estaba cerrada con llave; la abrió con sigilo y entró descalzo. El muchacho estaba dormido en un catre en el primer cuarto y el viejo podía verlo claramente a la luz de la luna moribunda. Le cogió suavemente un pie y lo apretó suavemente hasta que el muchacho despertó y se volvió y lo miró. El viejo le hizo una seña con la cabeza y el muchacho cogió sus pantalones de la silla junto a la cama y, sentándose en ella, se los puso. (...)
Tomaron café en latas de leche condensada en un puesto que abría temprano y servía a los pescadores.
- ¿Qué tal ha dormido, viejo? -preguntó el muchacho.
Ahora estaba despertando aunque le era difícil dejar el sueño.
- Muy bien, Manolín. -dijo el viejo-. Hoy me siento confiado.
- Lo mismo yo -dijo el muchacho-. Ahora voy a buscar sardinas y las mías y sus carnadas frescas. El dueño trae él mismo nuestro aparejo. No quiere nunca que nadie lleve nada.
- Somos diferentes -dijo el viejo-.Yo te dejaba llevar las cosas cuando tenías cinco años.
- Lo sé -dijo el muchacho-. Vuelvo enseguida. Tome otro café. Aquí tenemos crédito.
Salió, descalzo, por las rocas de coral hasta la nevera donde se guardaban las carnadas.
El viejo tomó lentamente su café. Era lo único que tomaría en todo el día y sabía que debía tomarlo. Hacía mucho tiempo que le mortificaba comer y jamás se llevaba almuerzo. Tenía una botella de agua en la proa de la barca y eso era lo único que necesitaba para todo el día.
El muchacho estaba de vuelta con las sardinas y las dos carnadas envueltas en un periódico y bajaron por la vereda hasta la barca, sintiendo la arena con piedrecitas bajo los pies, y levantaron la barca y la empujaron al agua.
- Buena suerte, viejo.
- Buena suerte -dijo el viejo."
Fragmento de El viejo y el mar, de Ernest Hemingway.
viernes, 31 de enero de 2014
lunes, 20 de enero de 2014
Horizontes
"¿Qué más quería? Tres petisos, de los cuales uno chúcaro que podía reservarme una mala sorpresa, es cierto; recado completo con su juego de riendas y bozal, su manea, lonjas y tientos; ropa para mudarme en caso de mojadura y buen poncho que es cobija, abrigo e impermeable. Con menos avíos, a la verdad, suele salir un resero hecho.
Concluido aquel recuento, al tiempo que anudaba las alzaprimas de mis espuelas, me incorporé satisfecho, echando, no sin tristeza, una mirada a mi cuartito y al catre, que quedaba desnudo y lamentable como una oveja cuereada. Adiós vida de estancia, ya veríamos lo que nos reservaban los caminos y el campo sin huellas.
Con las dos mudas envueltas en el poncho, puesto en la cintura, salí andando de a pedacitos hasta afuera, y me detuve un rato, porque la noche suele ser traicionera y no hay que andar llevándosela por delante.
Respiré hondamente el aliento de los campos dormidos. Era una oscuridad serena, alegrada de luminares lucientes como chispas de un fuego ruidoso. Al dejar que entrara en mí aquel silencio, me sentí más fuerte y más grande.
A lo lejos oí tintinear un cencerro. Alguno andaría agarrando caballo o juntando la tropilla. Los novillos no daban aún señales de su vida tosca, pero yo sentía por el olor la presencia de sus quinientos cuerpos groseros.
De pronto oí correr unos caballos; un cencerro agitó sus notas con precipitación de gotera. Aquellos sonidos se expandían en el sereno matinal como ondas en la piel soñolienta del agua al golpe de algún cascote. Perdido en la noche, cantó un gallo, despertando la simpatía de unos teros. Solitarias expresiones de vida diurna que amplificaban la inmensidad del mundo.
En el corral agarré mi petiso, algo inquieto por el inusitado correr de sus compañeros libres. Al ponerle el bozal sentí su frente mojada de rocío. Sobre el suelo húmedo oí rascar las espuelas de Goyo, que andaba buscando alguna prenda.
-Güen día.
-¿Se te ha perdido algo?
-Ahá, el arriador.
-¿Cuál?
-El cabo'e plata.
-Está en el cuarto contra el baúl.
-Vi'a alzarlo.
-¿No matiamos?
-Aurita.
Mientras Goyo buscaba su arriador, ensillé chiflando mi petiso, que dormitaba, gachas las orejas, resoplando a intervalos con disgusto.
Cuando entré a la cocina estaban ya acompañando a Goyo, Pedro Barrales y Don Segundo.
-Güenos días.
-Güenos días.
Horacio entró descoyuntándose a desperezos.
-Te vah'a quebrar -rió Goyo.
-¿Quebrar?... Ni una arruguita le vi'a dejar al cuerpo.
Silencioso, Valerio traspuso el umbral, dirigiéndose a un rincón, donde en cuclillas se calzó un brillante par de lloronas de plata. Después rodeamos el fogón, y el mate comenzó a hacer sus visitas.
Cada cual vivía para sí y mi alegría de pronto se hizo grave, contenida. Un extraño nos hubiese creído apesadumbrados por una desgracia.
No pudiendo hablar, observé.
Todos me parecían más grandes, más robustos, y en sus ojos se adivinaban los caminos del mañana. De peones de estancia habían pasado a ser hombres de pampa. Tenían alma de reseros, que es tener alma de horizonte."
Fragmento de Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes.
martes, 31 de diciembre de 2013
Diario de un mal año
"Anoche releí el quinto capítulo de la segunda parte de Los hermanos Karamazov, el capítulo en el que Ivan devuelve su boleto de admisión al universo que dios ha creado, y me eché a llorar de modo incontrolable. He leído estas páginas innumerables veces, y sin embargo, en vez de estar inmunizado contra su fuerza, cada vez soy más vulnerable a ella. ¿Por qué? (...) Mucho más poderosos que el contenido de su argumento, que no es fuerte, son los acentos de angustia, la angustia personal de un alma incapaz de soportar los horrores de este mundo. Es la voz de Iván, tal como la presenta Dostoievski, no su razonamiento, lo que me emociona.(...) incluso mientras uno pregunta, desconcertado, cómo es posible que un cristiano, Dostoievski, un seguidor de Cristo, pudo permitirle a Iván unas palabras tan poderosas... incluso en medio de todo esto hay suficiente espacio para pensar también: ¡Bendito sea! ¡Por fin lo veo ante mí, la batalla que se libra en lo más alto! Si a alguien (a Aliosha, por ejemplo) le es concedido vencer a Iván, mediante la palabra o el ejemplo, ¡entonces realmente la palabra de Cristo quedará confirmada por siempre! Y, por lo tanto, uno piensa: Slava, Fedor Mijailovich! ¡Que tu nombre resuene eternamente en la galería de los personajes famosos!
Y uno también le está agradecido a Rusia, a la Madre Rusia, por presentarnos con tan indiscutible certidumbre, los niveles hacia los que todo novelista serio debe esforzarse, incluso sin la menor posibilidad de alcanzarlos: el nivel del maestro Tolstoi por un lado y el del maestro Dostoievski por el otro. Siguiendo su ejemplo uno se convierte en mejor artista. Aniquilan tus pretensiones más impuras; te aclaran la visión; fortalecen tu brazo."
Fragmento de Diario de un mal año, de J. M. Coetzee.
"Pero no hablé de las lágrimas de los hombres que inundan la tierra porque no terminaría más. Te confieso humildemente que no comprendo la razón de estas cosas. Y la culpa es exclusivamente de los hombres. Tuvieron a su alcance el paraíso y, además, quisieron la libertad a sabiendas que los haría desgraciados. Por lo tanto, no merecen ninguna compasión. Mi humilde entendimiento terrenal sólo me habilita a comprender que existe el dolor, que no hay culpables, que todo está relacionado, que todo pasa y encuentra su equilibrio. Éstas son las perogrulladas de Euclides y yo no puedo vivir basándome en ellas. ¿Para qué me sirve todo esto, al fin y al cabo? Necesito una compensación, si no, me voy a destruir a mí mismo. Y no cualquier compensación en algún lugar, en el infinito: quiero una justicia aquí abajo, que se pueda ver. Tuve fe, quiero ser testigo de este acto de justicia y si estoy muerto para entonces, quiero resucitar. Sería tristísimo que pasara esto y yo no me diera cuenta. No deseo que mi cuerpo, que sufre y es culpable, sólo sirva para construir una armonía futura que va a beneficiar a no sé quién. Quiero ver con estos ojos al ciervo durmiendo junto al león, a la víctima besando a su asesino. En este deseo se fundan todas las religiones y yo tengo fe. Yo quiero estar cuando se anuncie el porqué de todas las cosas."
Fragmento de Los hermanos Karamazov, de Fedor Dostoievski.
sábado, 14 de diciembre de 2013
Residencia en la tierra
NO HAY OLVIDO (SONATA)
Si me preguntáis en dónde he estado
debo decir “Sucede”.
Debo de hablar del suelo que oscurecen las piedras,
del río que durando se destruye:
no sé sino las cosas que los pájaros pierden,
el mar dejado atrás, o mi hermana llorando.
Por qué tantas regiones, por qué un día
se junta con un día? Por qué una negra noche
se acumula en la boca? Por qué muertos?
Si me preguntáis de dónde vengo, tengo que conversar con
cosas rotas,
con utensilios demasiado amargos,
con grandes bestias a menudo podridas
y con mi acongojado corazón.
No son recuerdos los que se han cruzado
ni es la paloma amarillenta que duerme en el olvido,
sino caras con lágrimas,
dedos en la garganta,
y lo que se desploma de las hojas:
la oscuridad de un día transcurrido,
de un día alimentado con nuestra triste sangre.
He aquí violetas, golondrinas,
todo cuanto nos gusta y aparece
en las dulces tarjetas de larga cola
por donde se pasean el tiempo y la dulzura.
Pero no penetremos más allá de esos dientes,
no mordamos las cáscaras que el silencio acumula,
porque no sé qué contestar:
hay tantos muertos,
y tantos malecones que el sol rojo partía,
y tantas cabezas que golpean los buques,
y tantas manos que han encerrado besos,
y tantas cosas que quiero olvidar.
De Residencia en la tierra, de Pablo Neruda.
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