martes, 9 de octubre de 2012

VIERNES 26 DE OCTUBRE, 21HS.

Presentación de "Un cielo inhóspito".

Club Philidor, Morón. Esquina Pellegrini y 9 de julio.

El cálido Club de ajedrez Philidor es el espacio elegido para dialogar acerca de la novela junto a escritores, artistas y allegados al proceso creativo, que harán su aporte leyendo y comentando el texto junto al autor.
También habrá música en vivo a cargo de Prego, que se presentará en su versión acústica.
Entrada libre y gratuita. 
Habrá ejemplares disponibles para quienes deseen comprarlo.

A continuación, la novela descrita en palabras del poeta Rodolfo Alonso, las cuales integran la contratapa del libro:






domingo, 30 de septiembre de 2012

Un cielo inhóspito


Qué tal, gente. Como muchos saben, hace ya unos años que me dedico a la creación literaria. La literatura es mi arte, mi proyecto, mi necesaria forma de expresarme. No podría evitarlo: las palabras están ahí, dentro mío, tirando hacia afuera.
Y hoy, por fin, es el día en que veo mi primer libro editado.
Se trata de una novela llamada "Un cielo inhóspito", a la que le dediqué toda inspiración po
sible, todo esfuerzo y toda hora, y que justamente por eso lleva consigo una parte de mí. Esa parte es la que creo debe justificar toda obra artística, y es lo que tengo para ofrecer.

A partir de ahora, declaro disponible la novela para todo aquel que quiera comprarla. Y de momento, debo comentarles que hay dos medios para acceder a ella:

1. Contactándose conmigo, que gustosamente coordinaré la manera de dárselas.
2. Comprádola por internet en la página de Editorial Croquis, que realiza envíos a todo el mundo. Para esto, deben entrar en www.editorialcroquis.com y buscarla en la solapa "Libros por Género" y luego en "Novela", página 2. Allí encontrarán la tapa del libro "Un cielo inhóspito" junto a la opción de agregarla al carrito virtual.

En cualquier caso, el precio es de $40.

Próximamente la novela va a estar disponible en librerías, pero por ahora, existen estos dos medios para que puedan conseguirla.

Por último, les adelanto que el 26 de octubre voy a estar presentándola en Morón, con la participación de escritores/artistas/allegados al proceso creativo. Pronto les voy a pasar más información al respecto.

Por supuesto, se agradece profundamente todo tipo de difusión, comentario, interés o buena onda.

Los mantengo al tanto. ¡Gracias!

jueves, 20 de septiembre de 2012

Georg Trakl




A los enmudecidos

Ah, la locura de la gran ciudad cuando al anochecer,
junto a los negros muros, se levantan los árboles deformes
y a través de la máscara de plata se asoma el genio del mal;
la luz con látigos que atraen ahuyenta pétrea noche.
Oh, el hundido repique de las campanas del crepúsculo.

Ramera que entre escalofríos alumbra una criatura
muerta. La ira de Dios con rabia azota la frente de los poseídos,
epidemia purpúrea, hambre que rompe verdes ojos.
Ah, la odiosa carcajada del oro.

Pero una humanidad más silenciosa sangra en oscura cueva
forjando con metales duros el rostro redentor. 



Grodek

Por la tarde resuenan en los bosques otoñales
las mortíferas armas, y en las llanuras áureas
y en los lagos azules rueda el sol más oscuro.
La noche abraza a los guerreros moribundos,
irrumpe el lamento salvaje de sus bocas quebradas.
Pero silenciosas en la pradera,
rojas nubes que un dios airado habita
convocan la sangre derramada, la frialdad lunar;
y todos los caminos desembocan en negra podredumbre.
Bajo el dorado ramaje de la noche y las estrellas
vaga la sombra de la hermana por el bosque silencioso
saludando las almas de los héroes,
las cabezas sangrantes.
Y en el cañaveral suenan las oscuras flautas del otoño.
Oh, qué soberbio duelo, con altares de bronce;
un terrible dolor nutre hoy la ardiente llama del espíritu,
por los nietos que no han nacido aún. 



Queja

Sueño y muerte, águilas de tiniebla,
rondan rumor de noche esa frente:
a la dorada imagen del hombre
parece engullir la ola helada
de lo eterno. En arrecifes estremecedores
púrpura el cuerpo zozobra.
Y se alza la oscura voz en su queja
de la mar.
Hermana en turbulenta pesadumbre,
mira una barca de angustia sumirse
entre estrellas
en el callado rostro de la noche.

Georg Trakl.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Huellas



"Pero en cuanto me hablaba de Ingeborg, estaba de pronto al abrigo de todos los peligros; entonces no se reservaba; hablaba más fuerte, reía con el recuerdo de la risa de Ingeborg, y entonces se veía bien lo bella que Ingeborg había sido.
'Nos hacía dichosos a todos, decía, también a tu padre, Malte, sí, literalmente dichosos. Pero en cuanto se dijo que iba a morir aunque solamente parecía un poco enferma -y todos dábamos vueltas a su alrededor y se lo ocultamos-, se incorporó un día en el lecho y dijo dirigiéndose hacia adelante, como alguien que quiere darse cuenta del sonido de su pensamiento: "¿Por qué estáis así en guardia? Todos lo sabemos y puedo tranquilizaros; las cosas son tal como vienen: no quiero más". Piensa un poco, dijo: "No quiero más", ella que nos hacía dichosos a todos. ¿Comprenderás esto alguna vez, Malte, cuandos seas mayor? Reflexiona más tarde. Quizá lo comprenderás un día. Será bueno tener alguien que comprenda tales cosas."
(...)
"Y ahora quiero escribiros esta historia, tal como mamá la contaba cuando yo se lo pedía:
Era a mitad de verano, el jueves que siguió a los funerales de Ingeborg. Desde el sitio donde tomábamos el té en la terraza se podía ver entre los olmos gigantescos elevarse el remate de la sepultura de familia. Habían dispuesto las tazas como si nunca una persona más hubiese sentado en esta mesa, y alrededor de ella habíamos tomado todos asiento muy a gusto. Como cada uno había llevado, quien un libro, quien un cesto de labor, incluso nos sentíamos un poco estrechos. Abelone (la hermana menor de mamá) servía el té, y todos la ayudaban, salvo tu abuelo que miraba hacia la casa desde su butaca. Era la hora en que se esperaba el correo, y ocurría a menudo que Ingeborg, retenida la última por las órdenes que daba para la comida, lo traía. Durante las semanas de su enfermedad habíamos tenido mucho tiempo para perder la costumbre de su venida: sabíamos demasiado bien que no podía venir. Pero esta tarde, Malte, entonces que verdaderamente no podía venir... vino. Quizá era nuestra culpa, quizá la habíamos llamado. Pues recuerdo que pronto yo estaba allí sentada y me esforzaba por descubrir qué es lo que ahora era distinto. Bruscamente se me hizo imposible decir qué; lo había olvidado por completo. Levanté los ojos y vi a los otros vueltos hacia la casa, no de un modo particular o que asombrase, sino muy sencillamente, en su espera tranquila y cotidiana. Y estuve a punto (Malte, me da frío cuando lo pienso), estuve a punto -Dios me libre- a punto de decir: '¿Dónde está...?'. Cuando ya Cavalier, como de costumbre, salió de bajo de la mesa y saltó a su encuentro. Yo la vi, Malte, yo la vi. Corrió hacia ella, aunque ella no vino; para él ella venía. Comprendimos que corría a su encuentro. Por dos veces se volvió hacia nosotros, como para interrogar. Después se precipitó hacia ella, como siempre, Malte, exactamente como había hecho siempre; y se unió a ella, pues comenzó a saltar en círculo, alrededor de algo que no estaba allí, y después a subir a lo largo de ella, todo derecho, para lamerla. Le oímos lanzar, de alegría, pequeños ladridos quejumbrosos, y por el modo como saltaba en el aire, muy de prisa y sin descanso, se hubiera podido creer verdaderamente que nos la escondía con sus cabriolas. Pero de pronto dio un alarido, y su propio impulso le hizo torcerse y caer de espaldas, con una rara torpeza; y quedó tendido ante nosotros de modo extraño, y no se movió más. El criado salió de la otra ala de la casa con las cartas. Titubeó un instante; sin duda le era penoso acercarse a nuestros rostros. Y ya tu padre le hacía seña de que se quedase allí. Tu padre, Malte, no quería a ningún animal; pero esta vez, lentamente, me pareció que sin embargo fue hacia el perro y se bajó hasta él. Dijo una palabra al criado, una breve orden. Vi a éste precipitarse a recoger a Cavalier. Pero tu padre mismo tomó entonces al animal y se lo llevó, como si supiese exactamente a dónde, a la casa."

Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, Rainer Maria Rilke.

viernes, 31 de agosto de 2012

Verdadera naturaleza del espíritu

"Arjuna dice: 
(...)
Porque nada veo que pueda consolar la aflicción que conturba mis sentidos, aunque alcanzara la indisputada monarquía de la Tierra y aun la soberanía de los seres celestiales.
El Sabio Sanjaya dice:
Luego que hubo así hablado Arjuna, dijo de nuevo a Govinda: '¡No pelearé!' Y quedó silencioso.
Entonces, ¡Oh, Bhârata!, respondió Krishna sonriente al que tan abatido se veía entre ambas huestes:
El Bendito Señor Krishna dice:
Te lamentas de lo que no debieras lamentarte. ¡Aún son tus palabras de engañosa sabiduría! El sabio no se lamenta ni por los vivos ni por los muertos.
Ni yo, ni tú, ni esos príncipes de hombres, en tiempo alguno hemos dejado de ser, ni dejaremos de ser en adelante.
Así como el morador del cuerpo pasa en él por la infancia, la juventud y la vejez, así también pasa a otro cuerpo. Quien es firme, no se apesadumbra por esto.
El contacto con la materia, ¡oh hijo de Kunti!, da calor y frío, placer y dolor, que en alternativos vaivenes se funden transitoriamente. Sopórtalos con valor, ¡oh, Bhârata!
(...)
Lo que no existe no tiene ser, y lo que existe jamás cesará de ser. La verdad de ello ha sido percibida por los videntes de la Esencia de las cosas.
(...)
Aquél cuyo corazón está libre de ansiedad en el dolor, indiferente al placer, desapegado de la pasión, del temor y de la cólera, aquél puede llamarse sabio de mente serena."

Bhagavad Gita.

sábado, 25 de agosto de 2012

Cuadernos



"Durante algún tiempo todavía, voy a poder escribir todo esto y testimoniarlo. Pero llegará el día en que mi mano estará distante, y cuando le ordene escribir, trazará palabras que yo no piense. Va a llegar el tiempo de la otra explicación, en el que las palabras se desatarán, en el que cada significado se deshará como una nube y caerá como agua. A pesar de mi miedo soy, sin embargo, semejante a alguien que se mantiene ante las grandes cosas, y recuerdo que antes sentía en mí destellos semejantes cuando iba a escribir. Pero esta vez estaré escrito. Soy la impresión que va a transformarse. ¡Oh! Con un poco más podría comprender todo, y aprobar todo. Un paso solamente, y mi profunda miseria se transformaría en felicidad. Pero ese paso, no puedo darlo; he caído y no puedo ya levantarme, porque estoy roto. Hasta ahora, he creído que podía ver venir un socorro. He aquí ante mí, de mi propia letra, lo que he rogado, noche tras noche. He transcrito esto de los libros donde lo he encontrado, para que fuese más próximo, para que fuese salido de mi mano, como brotado de mí mismo. Y ahora quiero copiarlo una vez más, aquí, ante mi mesa, de rodillas; quiero escribirlo, porque así lo tengo en mí más tiempo que leyéndolo, y cada palabra toma duración y tiene tiempo de resonar."

Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, Rainer Maria Rilke.

jueves, 16 de agosto de 2012

Ante la ley

"Ante la Ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.
- Tal vez -dice el centinela-, pero no por ahora.
La puerta de la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:
- Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.
El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, se barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un banquito y le permite sentarse a un costado de la puerta.
Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián son sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:
- Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.
Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y a no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.
- ¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.
- Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?
El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:
- Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla."

Franz Kafka.