jueves, 13 de noviembre de 2014

Abro mi mano
y siempre hay una inercia,
un oro ruin
de mí, mis sueños:
conducente caer
hacia el destierro.

viernes, 31 de octubre de 2014

viernes, 24 de octubre de 2014

Noche II

«El cansancio me trae pensamientos sin esperanza. Hubo un mensaje que lanzara mi juventud a la vida; estaba hecho con palabras de desafío y confianza. Se lo debe haber tragado el agua como a las botellas que tiran los náufragos. Hace un par de años que creí haber encontrado la felicidad. Pensaba haber llegado a un escepticismo casi absoluto y estaba seguro de que me bastaría comer todos los días, no andar desnudo, fumar y leer algún libro de vez en cuando para ser feliz. Esto y lo que pudiera soñar despierto, abriendo los ojos a la noche retinta. Hasta me asombraba haber demorado tanto tiempo para descubrirlo. Pero ahora siento que mi vida no es más que el paso de fracciones de tiempo, una y otra, una y otra, como el ruido de un reloj, el agua que corre, moneda que se cuenta. Estoy tirado y el tiempo pasa. Estoy frente a la cara peluda de Lázaro, sobre el patio de ladrillos, las gordas mujeres que lavan la pileta, los malevos que fuman con el pucho en los labios. Yo estoy tirado y el tiempo se arrastra, indiferente, a mi derecha y a mi izquierda. 
Ésta es la noche; quien no pudo sentirla así no la conoce.»

El Pozo, Juan Carlos Onetti.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Poesía mundial I

Muerte a la aurora (de Wole Soyinka)

Viajero, debes partir
A la aurora, enjuga tus pies sobre
La humedad de nariz perruna de la tierra

Deja que la aurora sosiegue tus lámparas. Y mira
Languidecer el ataque de las espinas ante la luz
Pies algodonosos para disolver en el azadón
Las lombrices tempranas
Ahora las sombras se extienden con debilidad
Ni muerte de la aurora ni triste postración
Esta suave charamusca, suaves engendros que desisten
Rápidos goces y recelos para un
Día desnudo. Barcos cargados se
Someten a la asamblea sin rostro de la niebla
Para despertar los mercados silenciosos -Veloces, mudas
Procesiones por grises desvíos… Sobre este
Cobertor, hubo
Súbito invierno a la muerte
Del solitario trompetero de la aurora. Cascadas
De blancos pedazos de pluma… pero ello decidió
Un rito banal. Conciliación salvajemente
Exitosa, primero
El pie derecho para el júbilo, el izquierdo para el pavor
Y la madre suplicaba, Hijo
Jamás camines
Cuando el camino aguarda, hambriento.
Viajero, debes proseguir
Al alba.
Te prometo prodigios de la santa hora
Presagios como el aleteo del gallo blanco
Perverso empalamiento -Como quien desafiara
Las iracundas alas del progreso del hombre…

Más, ¡semejante espectro! Hermano
Mudo en el sobresaltado abrazo de
Tu invención -Esta mueca de burla
Esta contorsión cerrada – ¿Soy yo?

El camino no elegido (de Robert Frost)

Dos caminos se bifurcaban en un bosque amarillo,
Y apenado por no poder tomar los dos
Siendo un viajero solo, largo tiempo estuve de pie
Mirando uno de ellos tan lejos como pude,
Hasta donde se perdía en la espesura;

Entonces tomé el otro, imparcialmente,
Y habiendo tenido quizás la elección acertada,
Pues era tupido y requería uso;
Aunque en cuanto a lo que vi allí
Hubiera elegido cualquiera de los dos.

Y ambos esa mañana yacían igualmente,
¡Oh, había guardado aquel primero para otro día!
Aun sabiendo el modo en que las cosas siguen adelante,
Dudé si debía haber regresado sobre mis pasos.

Debo estar diciendo esto con un suspiro
De aquí a la eternidad:
Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,
Yo tomé el menos transitado,
Y eso hizo toda la diferencia.

San Martín del Carso (de Giuseppe Ungaretti)

(Valloncello dell' Albero Isolato a 27 agosto de 1916)

De estas casas
no ha quedado
más que algún
pedazo de muro

De tantos
a quienes estaba unido
no ha quedado
ni siquiera eso

Pero en el corazón
ninguna cruz falta

Mi corazón
es el país más desvastado.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Monte

«Miedo: cierro la puerta. El miedo es un perro hambriento en mis sienes, sobre mi frente, en el vértice húmedo de mi boca. Miedo: eso es lo que habita esta hora hostil de la madrugada en que mis pasos se clavan como agujas en la noche, como finas trémulas agujas que atraviesan la tierra fría del rancho. Ahora, los oigo llegar ahora, dando alaridos y gruñidos contagiosos, animales: están allí en este momento, amontonándose fuera, bullendo sus ladridos como un hervidero, pululando entre dientes hundidos por secreciones rabiosas… Resistiré. Esperaré aquí dentro mientras ellos estén rastreando fuera todo hasta el hartazgo, incansables, no se detendrán hasta haber revisado cada rincón… Camino un poco más, me desplomo ahora contra el único muro de barro en este rancho que se hunde en el monte, incrustado de piedras con la forma que le dieron mis manos y que ahora siente mi sudor frío juntarse con su frío, sostiene mi cuerpo de nervio con su rigidez. Cierro los ojos en señal de agradecimiento, al menos por un instante... ¿Cuánto, cuánto hay que recorrer para dar, para alcanzar? ¿Cuánto cuesta un regreso, descender del miedo con el machete en la mano, entre ramas y raíces que cierran el camino como telarañas?»

domingo, 31 de agosto de 2014

Barro

«Esto ya es penumbra. Resta ser un hombre, antes como ahora; estar entero como lo uno en lo otro. Él está allí y es todo lo que cuenta. Está desecho en la luz huida del verano, como entonces, en el silencio de los barrios cuando falta pura voz. ¿No lo oyes cantar, hermano? Claro que lo oyes, como lo has oído siempre pero recuerda que no debes llorar. La noche es silencio, silencio puro que te abraza y deberás hacerte uno con ella: imitándola, hermano. (...) no lo intentes con palabras, por favor. Inténtalo con tu cuerpo, luego, tras los días: las palabras envidian el aguacero que las lleva. Detente en tu centro y respira, camina la ribera que enjuga los pasados, hay ahí el verdor que grita su voz calma y sencillez. Cierra los ojos y ve: todo es una gran tristeza que se acerca y debe ser superada. El dolor no tiene explicación, se cierne sobre nosotros y no hay nada extraordinario que debamos hacer, vivir es todo y más en sí mismo...»

sábado, 16 de agosto de 2014

Madrugada

"Fija la vista en una hornalla sucia; siente la frescura de sus mejillas recién afeitadas, el pliegue de sus ojos amanecidos que cede lentamente. Al silbar la pava, extingue el fuego y ensaya una última frugalidad de movimientos silenciosos, que evita el despertar de su familia. «Calculadora, cuaderno, birome…» Conoce el resto: la yerba recién humedecida, la espuma y el humo, la suave amargura en ayunas. Diez minutos bastan: apura un último mate y sale sosteniendo el paso en diestro sigilo.
Fuera el cielo ostenta orgulloso su noche sembrada de estrellas. El frío aprieta: Héctor levanta fugaces los ojos, se guarda una luna menguada en el abrigo y reconoce la plenitud de su cuerpo descansado, la expectativa al nacer de todo día. El porvenir de la mañana nunca le ha pesado, y éste que se aproxima ya desnuda el aire, condensa las horas, le despabila el rostro."